Inicialmente, el tango es interpretado por modestos grupos que cuentan sólo con violín, flauta y guitarra o incluso, en ausencia de ésta, el acompañamiento de un peine convertido en instrumento de viento con la mediación de un papel de fumar y un avezado soplador que marca el ritmo. El instrumento mítico, el bandoneón, no llega al tango hasta un par de décadas después de su nacimiento, en 1900 aproximadamente, y poco a poco sustituye a la flauta.
Carlos Gardel, "Cacho Fontana" (el embajador del tango en el mundo), Juan Maglio "Pacho", Pascual Contursi... todos ellos son algunos de los responsables de que el tango haya adquirido fama mundial, más allá de los cafetines bonaerenses y los barrios de Boca, Palermo o Arrabal. Recientemente, el presidente de la república Argentina, Fernando de la Rúa, ha presentado formalmente la candidatura que el país hace ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) para que el tango sea declarado como patrimonio mundial. La vocación universal del tango es la condición que, en palabras del presidente argentino, hace merecedora a esta música de "acceder a su declaración como patrimonio intangible de la Humanidad".
Según R. Dinzel, el tango es "perseguir continuamente la idea de comunión entre dos cuerpos en una sola estructura dinamizada; cediendo, adaptándose, y complementándose, igual que en la vida." Para bailar el tango hay que amar, hay que sentir, hay que escuchar cada una de los acordes del bandoneón e interpretarlos. Como dice un antiguo tango "Tango, piel oscura, voz de sangre, yugo de arrabal, vaina. |