La arquitectura posee una mezcla contrastada pero ambientada de estilos: por un lado edificaciones de los años 50 propias de costa, y por otro arquitectura colonial, casas solariegas de colores desconchadas por el tiempo, como la vieja Habana en pequeñito.
Al otro lado del puerto, y definiendo esta zona como brazo de tierra en el mar, está la playa de las Canteras. Su paseo es "la plaza del pueblo", el encuentro obligado con todos, disfrutarla en invierno en un placer, está limpia, es acogedora y familiar, muy canaria. Desde las Canteras, en un día despejado, se puede ver el Teide nevado, en la isla vecina. Esta playa posee una barra de piedra volcánica y coralina a la que se puede acceder a nado.
Las Palmas te conquista con su ritmo y con sus formas, es sensual como las palmeras que andan por todas partes, sobre todo por Ciudad Jardín, barrio agradable de pasear. Recomendable una tarde en el Pueblo Canario, conjunto arquitectónico de interés histórico-artístico, pero sobre todo porque incluye el Museo de Néstor, pintor simbolista conectado con las corrientes modernistas europeas. Su obra es apasionada y generosa con sus orígenes.
Las gentes de Vegueta o la zona antigua y las del puerto son dos sociedades diferentes, a pesar de pertenecer a la misma ciudad, y no hablo de diferencias sociales o económicas. Los habitantes del puerto se habituaron al comercio con el exterior y más tarde al turismo, por lo que la mentalidad es más abierta ante un señorío de provincias propio de tierra adentro en el casco antiguo. Hablo de cuatro kilómetros de distancia y la diferencia se toca: la diversidad es esta isla.
Gran Canaria es redonda, recorrerla en coche es hacer un viaje por un micro-mundo en el que en minutos puedes cambiar radicalmente de paisaje e incluso de clima: playas kilométricas y siempre soleadas con turismo todo el año, desiertos, barrancos rocosos y exóticos, montañas verdes repletas de vegetación autóctona y humedad, luego frío y niebla, pinares, a veces incluso nieve, vino, queso y abrigo en bares de pueblos rodeados de valles en el centro de la isla (obligados: Tejeda y Teror), para enseguida volver al sol, pero ahora en playas norteñas más pesqueras que turísticas, con casitas blancas y acantilados volcánicos, pueblos como Agaete.
Hay que ir a su Puerto de las Nieves y comer pescado. El que veranee en el turístico sur no debe conformarse con playa, sol y estándar hotelero. Debe visitar los pueblos de Artenara o Tirajana, adentrarse por los barrancos y asistir a algo espectacular: un espacio natural único y asombroso, palmeras, cactos y flora autóctona se cuelgan de los rocosos precipicios, algo grande para una pequeña isla; primitivo, africano, sobrecogedor, prehistórico, es curioso ver cómo en pocos kilómetros esos cañones secos acaban en zonas altas, muy verdes y frías; el vestigio de la laurisilva, equivalente al concepto impredecible del clima subtropical de la que ya sólo queda un reducto: Los tilos de Moya.
Cosmopolita, africana, colonial, iberoamericana, ecléctica... Quien visita esta tierra y conoce a sus gentes nunca acaba de describirlos con cinco adjetivos.
Si visitas Gran Canaria, puedes alojarte en alguno de los hoteles que te recomendamos
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